Recuerdo que cuando era niño mi madre siempre me estaba llamando para que entrara en casa. La verdad es que la casa no era muy acogedora, pero sin embargo, la calle era de los niños, no había peligro. Las calles del barrio donde yo vivía no estaban asfaltadas y eso facilitaba mucho todo tipo de juegos infantiles. Hoy las cosas han cambiado mucho, han cambiado tanto que salir a la calle es un peligro, hoy las madres tienen que empujar a sus hijos para que salgan de casa. ¿Qué comporta este cambio? Me gustaría poder dar una contestación rotunda, pero no soy experto en relaciones humanas. Algo sí puedo aportar: antes el niño pasaba mucho más tiempo jugando, y tenía que resolver las dificultades que le planteaba la vida sin la mirada de sus padres, aprendía en colectivo, su imaginación no tenía límites para resolver problemas, sabía discernir lo que estaba bien y lo que estaba mal, su vida era más transparente, más social.
Los de mi generación no tuvimos suerte en cuanto al desarrollo y respeto de las libertades, la dictadura nos marcó a fuego la forma de conducirnos en la vida, hemos transmitido valores falsos que han propiciado unos seres infelices. La masificación de las ciudades, la especulación del suelo, la falta de equipamientos han hecho de la ciudad un lugar inhóspito, agresivo, que poco ayuda a que las generaciones actuales y venideras puedan corregir los errores cometidos.
Tenemos que salir de casa, tomemos la calle, hagamos que el barrio hierva de actividad, dejemos la tele para esos momentos en que todos decidamos irnos a dormir.
Moraleja: si dejamos de ver la tele, las empresas anunciadoras dejarán de sufragar a las cadenas privadas y solo quedará la pública, eso sí, para educar.
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